La llama no tiene cara
Está dibujada con rectángulos, sin curvas y sin ojos. No lleva sombrero ni poncho: es una silueta, y con eso alcanza.
En Bolivia, un tinkazo es un presentimiento, una corazonada. Y un tincazo, con c, es el golpecito que se da haciendo resbalar el dedo sobre el pulgar. Las dos están en el Diccionario de americanismos. Un sorteo es las dos cosas: la corazonada y el golpe que decide.
Está dibujada con rectángulos, sin curvas y sin ojos. No lleva sombrero ni poncho: es una silueta, y con eso alcanza.
En el juego del Aguayo, la tela no es un fondo bonito: es donde pasa el juego. Los bultos se acomodan sobre las franjas y el nudo se cierra sobre el que queda. El pallay, esas bandas claras con rombos, es lo que hace que una tela se lea como aguayo y no como cinco colores apilados.
En Bolivia el aguayo no es solo una tela: se amarra a la espalda con lo que haga falta adentro, una guagua, la compra, la cosecha. El juego hace eso mismo. Cada nombre es un bulto sobre la tela, la tela se cierra y el que queda se va en el nudo.
Si un elemento se puede sacar sin que nada deje de funcionar, es decoración y sobra. Cada cosa boliviana del producto hace algo: el nombre, la llama de la mascota, el perno tricolor de la ruleta que marca la vuelta, el aguayo, que es el tablero de su juego, el teleférico, cuyo cable es la barra de progreso, y la entrada de Oruro, cuyas cuadras son las rondas de eliminación. No hay wiphalas de fondo ni cholitas de stock.
Lo construyo yo, Nicolás, desde Santa Cruz de la Sierra. Es código abierto con licencia MIT, y el protocolo del sorteo está escrito paso a paso para que cualquiera pueda rehacerlo con sus propias herramientas, sin confiar en mí.